Apuntes del trabajo de mesa realizado para el taller de montaje teatral de Angelitos empatanados de Andres Caicedo. Bucaramanga, Agosto de 2008.
“Pero si me vuelvo hacia el Valle, a la sacra, indecible, misteriosa Noche. Lejos yace el mundo -sumido en una profunda gruta- desierta y solitaria en su estancia. Por las cuerdas del pecho sopla profunda triteza”
Novalis, “Himnos a la Noche”
La demencia como fruto del rigor
(fragmentos del texto de JUAN GUSTAVO COBO BORDA)
El Libro Destinitos fatales reune quince cuentos de Andrés Caicedo, fechados entre 1966 y 1975, algunos conocidos, otros inéditos, y agrupados todos bajo el título de Calicalabozo, tres relatos largos, ya editados en Medellín, en 1977, con el mismo título con que ahora se presentan: Angelitos empantanados, y finalmente fragmentos de una novela inconclusa: Noche sin fortuna, título tomado de una canción de Los Panchos. Tajante en su amor-odio a Cali -”odiar es querer y aprender a amar”, como dice en el primer relato de este volumen (Infección, fechado en 1966)-, su mundo adolescente de calles y fiestas de quinceañeras, de cine y timidez enfermiza, de enclaustramiento y voyerismo -véase Por eso yo regreso a mi ciudad, de 1969- hay, sin embargo, otra dimensión más inquietante dentro de su esforzado trabajo como narrador. Una dimensión que pudiéramos llamar “gótica”, de morbosa “nocturnidad”.
Las calles caleñas, que hierven de gente y se vuelven casi irreales a fuerza de luz, son vistas desde penumbras autoimpuestas, detrás de rejas equívocas. Y la visión urbana se hace mucho más ambigua cuando la luna crece y acompaña, en su frialdad, el indeciso vagabundeo del joven solitario que sabe, en carne propia, cómo la luna llena “es la noche del peligro, mano” (Vacío, 1969). La noche del terror y del físico miedo. Pandillas juveniles que arrojan bombas molotov, casi por gusto, y peleas brutales, entre bandas enemigas, para delimitar un territorio propio: esta escenografía no es más que el set urbano dentro del cual Caicedo ubica a sus personajes. Ellos sí son visceralmente violentos.
Así, por ejemplo, el muchacho que patea al travestista (Besacalles, 1969), con un exultante sentimiento, tan equívoco como todo el relato. “No sé si estaba llorando o se estaba riendo a carcajadas”, dice el vapuleado narrador. O Miriam-, la muchacha devoradora -un leitmotiv en Caicedo- que desnuda a Mauricio, en el antejardín de su casa, y luego de violarlo lo deja sin ropa, en la mañana caleña (De arriba abajo de izquierda derecha, 1969). Como si la pasividad, dolorosa pero complacida, de ambos narradores-víctimas, necesitase de estas afrentas para luego recrearlas ante un interlocutor mudo.
Se destaca la dureza de sus personajes femeninos. Su asumida, y ejercida, crueldad: saben lo que quieren y cómo conseguirlo. También sus héroes tienen algo de eso, pero en menor escala. Es como si Caicedo quisiera conferirles a sus heroínas un sadismo implacable. La fuerza necesaria para convertirlas en criminales sonrientes. En estos cuentos, la verdad sea dicha, pocas veces lo logra. El resultado, por más farsesco que resulte, ya estaba previsto en la balbuceante aspereza de sus diálogos. En su monótona reiteración: ambos volverán a casa de sus padres; a ambos, niño y niña, muchacho y muchacha, sólo les quedará la noche para seguir soñando maldades.
La violencia y la marginalidad, tan importantes en la obra de Caicedo, harán que el crimen se convierta en uno de sus temas más asiduos, hasta el punto de terminar tratándolo como un juego. A los muchachos les gusta matarse. Felices amistades, de 1969, por ejemplo, comienza así: “A decir verdad yo nunca he matado gente, mi Graciela es la que se encarga de eso”, y en ese mismo tono de comedia prosigue hasta el final. Deseos reprimidos de un narrador perverso convertidos, así, en leyendas en forma de nube de las tiras cómicas. La noche, el sueño, las actrices de cine, el cine: esa máquina del tiempo, ese pozo sin fondo de la polución nocturna y, sobre él, la luna llena, enfriando manos, y ánimos. Desde este ámbito es desde donde Caicedo nos habla, dotado de un insuperable oído, para registrar el idioma pegajoso con que los alumnos de los últimos años de primaria y primero de bachillerato intentan en vano comunicarse. Caicedo lo logra. No siempre, claro está, porque queriendo ser fieles a ellos busca convertir en algo mucho más truculento, e infinitamente más desaforado, las convencionales escenas de quien hace “porquerías” con su novia, en el sofá de la sala.
¿Lulita que no quiere abrir la puerta?, de 1969, tiene algo de esas escenas fijas -teatro masturbatorio del inconsciente- en que vemos lo que sucede, lo que el personaje masculino cree que puede suceder, lo que el personaje femenino piensa que puede ocurrir, y todo se superpone, acrecentándose así la estereotipada banalidad de novios de quince años que hablan como niños de cinco, chupándose el pelo mojado, mientras los padres, con lentitud cinematográfica, van bajando la escalera.
En realidad, todo el cuento puede verse como un exorcismo vengativo en contra de una situación incómoda. Y mucho de la narrativa de Caicedo, en estos primeros cuentos, puede considerarse apenas como descargas de rabia en contra de un entorno que lo fastidiaba. El cuento, sin embargo, permite también reconocer la voluntad técnica de Caicedo, su capacidad para estructurarlo en planos diversos y, sin embargo, superpuestos, y su intención de jugar con el lenguaje, flexibilizándolo al máximo.
..En las garras del crimen: mezcla de thriller y novela negra, de reflexión sobre la propia literatura y broma entre iniciados, donde el cine, la literatura, el tema del doble y la suplantación de personalidades, le sirven para conjurar con el humor sus propios excesos, sus manías.
…Cuando sus personajes, las gemelas, se encuentran con el narrador, en la calle, caminando ambas muy ágiles, y le obligan, por insuficiente, a prescindir del manuscrito, Caicedo es ya un escritor hábil: ha logrado que sus fantasmas se desprendan de la página y le hablen.
..Todos estos relatos, pueriles en su afán de asustar, enternecedores en el desamparo adolescente que revelan a trasluz, que le permite a un amplio grupo de adolescentes caleños encontrar en Caicedo voz y expresión, quedan atrás, como brumosa prehistoria de un adicto al cine de terror y a la literatura de iniciación adolescente, ante la maestría de Maternidad (1974), aquel cuento que el propio Caicedo consideraba su obra maestra.
Si El atravesado (1971) es la historia de un adolescente que era fascista sin saberlo, Maternidad constituye la más acertada descripción de cómo se engendra un hijo que luego, ¡qué remedio!, no podrá ser otra cosa que fascista.
En 1974 todo el mundo de la droga que cambiaría sociedad, costumbres y lenguaje en Colombia, era descubierto por Caicedo con el arrojo suicida que sólo la misma droga podía dar. Era un valiente aventurero internándose en territorios inexplorados. Pero la fuerza del cuento no reside en el desvarío de la alucinación sino en el peso reprimido de su contención. La demencia como fruto del rigor. Y de la aguzada conciencia con que Caicedo avizoraba los nuevos, y decadentes, tiempos que se avecinaban. Tiempos de los Rolling Stones. Cali convertido en el mayor estudio cinematográfico del mundo -Los mensajeros, 1969- y tres viñetas, también cinematográficas, que vuelven a proclamar su fe en el cine como ,ese viaje colectivo en búsqueda de recuerdos”, cierran esta primera parte del volumen de Caicedo.
¿Qué pensar sobre estas cien páginas? Son inconfundibles. En sus tanteos, y en sus vacilaciones, en su candor y en su tremendismo, sólo pueden pertenecer a Andrés Caicedo. ¿De qué otro narrador joven colombiano podemos decir lo mismo? ¿De qué otro podemos afirmarlo, aún refiriéndonos a sus bocetos truncos y a sus tentativas inconclusas? De ninguno.
Ver texto completo acá
Infección (1966)
(Fragmentos)
(Odio la Avenida Sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el club campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado, perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a todos los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudios por conseguir una buena nota. Odio a todos aquellos que se cagan en la juventud todos los días).
***
Odio a todas las putas por andar vendiendo adoraciones falsas en todas sus casas y sus calles.
(Odio la Avenida Sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el club campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado, perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a todos los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudios por conseguir una buena nota. Odio a todos aquellos que se cagan en la juventud todos los días).
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Odio a todas las putas por andar vendiendo adoraciones falsas en todas sus casas y sus calles.
Odio las misas mal oídas… odio todas las misas. Me odio, por no saber encontrar mi misión verdadera. Por eso me odio… y a ustedes les importa?
Si, odio todo esto, todo eso, todo. Y lo odio porque lucho por conseguirlo, unas veces puedo vencer, otras no. Por eso lo odio, porque lucho por su compañía. Lo odio porque odiar es querer y aprender a amar. Me entienden? Lo odio, no he aprendido a amar, y necesito de eso. Por eso, odio a todo el mundo, no dejo de odiar a nadie, a nada…
a nada
a nadie.
Cine
Música
Por Sergio E. Díaz,
Los Panchos “Rayito de Luna”
Volviendo a los 50 y 60’s, lo más fuerte era el bolero y la sonora aunque la juventud empezó a contagiarse con el rock and roll (eso lo narra Andrés Caicedo en su cuento de El Atravesado. También sonaba la balada de los 60: Leo Dan, Palito Ortega, luego el colombiano Club del Clan. (El fallecido Óscar Golden, era caleño). Hay un muy buen trabajo de Lise Waxer sobre la música en Cali en los 60 y 70 llamado: hay una discusión en el barrio sobre el fenómeno de las viejotecas en Cali.
En materia de fiestas, la orquesta de Lucho Bermúdez de Colombia y la Billo’s Caracas Boys, de Venezuela, también ocupaban un lugar importantísimo.
Algo mas sobre salsa brava acá
Pintora dedicada, recuerda que sus cuadros en ese entonces tenían una carga de tonos planos, rojos sobre blancos, negros sobre rojos, que eran parte de una búsqueda iniciada en Bogotá, en pleno centro de la ciudad por donde divagaban los margínales que ella ya hacía el tema de sus pinturas.
Entre la agitada actividad de una ciudad que contaba con referentes ya consagrados en el teatro como el caso del Teatro Experimental de Calí (TEC) y Enrique Buenaventura; pintores como Luis Tejada o Pedro Alcántara, y búsquedas en diferentes frentes, como las del cine y el grupo de Andrés Caícedo, Luis Ospína o Carlos Mayolo; el del psicoanálisis con Estanislao Zuleta; o el de la obra gráfica con un asidero determinante en el fotorrealismo y la memorable Documenta del 68, María de la Paz encontraría enun grupo conformado por Ever Astudillo, Óscar Muñoz y el fotógrafo Fernell Franco un espacio definitivo para iniciar una de sus famosas series: la de la salsa.
“Los lunes eran de Honka Monka, los martes del Séptimo Cielo, los miércoles de El Escondite y los jueves de El Abuelo Pachanguero y así cada día de encuentro que pasaba entre El Café de los Turcos y los bailaderos iba conformando en mí una idea determinante de lo que quería pintar. Las parejas, el color, la música, fueron aclarándome la primera sensación que tuve al llegar a Calí: la exuberancia y lo urbano se iban fusionando, iban hacíendo un todo”, ha dicho.
Un todo que terminaba los viernes en Juanchíto en que el piano del temíble Ríchíe Ray y la voz del único hombre que cantaba de pie y parecía sentado, Héctor Lavoe, se pegaban a la piel de los rumberos buenos.
Así, con la certeza de que aquello que veía era una verdad para su obra, su pintura se fue llenando de color. Dejó de lado los tonos negros y rojos, y su trabajo “se fue llenando de humor”, como aclara Cobo Borda. De humor y de desamor, de bailes y fiestas y verbenas: algo que ella hoy llama con humor también, “una especie de pop kitsch latíno amerícano”.Quizás uno de los aspectos más interesantes de esas parejas, de esa iconografía de la salsa es lo que mantuvo en los años setenta a una generación: lo popular como materia del arte y como componente real, no ornamental en sus obras. Además, claro, de algo en que Marípaz no deja de insistir hoy en día: la presencia de lo político. De una suerte de crítica social que apareciera bajo el velamen de la obra misma, y que dijera cosas. “Celebrar la fiesta pero también ver qué había en ella”, dice.
Duró algo más de cuatro años en la ciudad. Y fue construyendo con sus contemporáneos unas telas que quedan como el inicio de algo que Antonio Caballero ha llamado “el disfraz del disfraz”. Sus obras como el reflejo de algo planeado, del baile que es escenografía, de la seducción como escenario.
Hoy, Marípaz, afianzada después del tiempo, sigue pintando el mismo cuadro con más dureza, “más de frente”, y claro, no ha dejado de querer y sentir a Cali como la ciudad de sus amores. Y la salsa, como una de sus pasiones.
!! Ahi viene el Barón Jiménez!!

El condor
Buscando una imagen de como es el personaje que atormenta a Carevaca encontré una visualización que considero buena para crear esta horrorifica aparición. “El Barón Jímenez” es Leon Maria Lozano, irónicamente para la obra un asesino intelectualmente conservador.. Por Francisco Trujillo*
Secuelas del 9 de abril, www.voltairenet.org
Tuluá
Tuluá, en el Valle del Cauca, era una ciudad en la que convivían pacíficamente liberales y conservadores, pero el 9 de abril todo lo descompuso. Comenzaron a aparecer muertos sin ningún documento de identificación. Los liberales decían que eran de su partido, y los conservadores del suyo. Se rompieron muchas amistades, la zozobra invadió la población y nadie se aventuraba a salir a la calle después de la 6 de la tarde. Los directores políticos del departamento visitaron a sus respectivos directorios municipales. En Cali, en la Casa Liberal, fueron asesinadas 30 personas durante una conferencia. Eran exilados o refugiados de varias regiones del Valle. Rafael Escallón, conservador, ex procurador general de la República dijo: “Con el alma profundamente adolorida vengo de Cali, ciudad víctima de una cruel afrenta por parte de las autoridades encargadas de velar por el bienestar…, la tragedia del sábado 22 que tantas vidas, dolor y sangre le ha costado, no tiene justificación ni disculpa” (La violencia en Colombia, tomo I, pág. 58). León María Lozano, vendedor de quesos en la plaza de mercado, todos los días iba a misa a las 6 de la mañana. Sólo leía el periódico El Siglo. Escuchaba una emisora religiosa. Era hombre callado, distante, con dos hogares -con esposas en ambos-, uno muy cerca del otro. Sufrió agresiones verbales de dos borrachitos liberales que se burlaban de él por su beatería. Intentó agredir a uno de ellos con un cuchillo quesero que portaba, pero una mano amiga lo detuvo; luego creyó ver que algunas personas pretendían incendiar el Colegio Salesiano. Habló con estos sacerdotes y con monjas de María Auxiliadora. Robusteció su amistad con unos y otros, y fortaleció sus alianzas. León María había dado apoyo económico al directorio departamental conservador, y, cuando su director fue a Tulúa, lo visitó llevándole ostentosamente un regalo especial: dos cajas con carabinas y municiones, aduciendo que el gobernador liberal del Valle preparaba masacres contra los conservadores. Se recrudeció la aparición de cadáveres de personas desconocidas en Tulúa. Ahora cada una con documentos de identificación pero sin cédula electoral, suponiéndose por esto que la política partidista estaba de por medio. Los borrachitos de marras, aquellos que se burlaron de León María, aparecieron muertos, lo mismo que otras personas. Muchos dedos señalaban a León Maria Lozano como culpable, pero hay consenso de que por mano propia no mató a nadie, pero había repartido las carabinas y la munición, y la aparición de muertos no cesaba. León María, sin esconderse, iba a misa a las 6 de la mañana, y luego se reunía con los “pájaros” en un café. Llamaban así a los sicarios porque se desplazaban de pueblo en pueblo. A Lozano, como pájaro mayor, los liberales lo apodaron “El Cóndor”. La muerte les llegó después a personas conocidas, importantes miembros de clubes sociales. Una de ellas, que años atrás había ayudado a “El Cóndor”, escribió una carta con otras nueve personas, publicada por El Tiempo de Bogotá. León María no la conoció porque no leía periódicos liberales. Pero se volvió personaje nacional, odiado y temido por los liberales, adulado y agradecido por muchos conservadores en Tulúa. Uno de ellos le llevó el periódico. Fue con más frecuencia al café, al que concurrían decenas de pájaros. En los siguientes 30 días los muertos disminuyeron pero fue asesinado un abogado, primer firmante de la carta. Los pájaros del Cóndor se regaron por las regiones vecinas: 72 masacrados en Monteloro, 47 en Bolívar, 32 en una carretera del Tolima. La violencia se había disparado en todo el país. “El Cóndor” y sus amigos sólo eran una parte de ella; en sus vecindades la violencia se recrudeció. Murió el segundo firmante de la carta. El gobierno central envió mil soldados. En las prácticas constituirían una barrera de protección para León Maria, que sólo salía para ir a la misa de 6 donde los Salesianos. El entierro del segundo firmante fue gigantesco. Poco después fue asesinado el tercero, un hombre anciano, y luego otras conocidas personas. También incendiaron casas y almacenes. Los oficiales y soldados nada veían. El éxodo se inició y Tulúa se fue quedando sola. Esto duró varios años. Cuando Rojas Pinilla tomó el poder, mandó más soldados a proteger al Cóndor. Y cayó el quinto firmante. Pero el gobierno, presionado desde todos los costados, ordenó la ‘extradición’ de León María para otro lugar. En un carro del ejército y con modestos beneficios económicos, salió de Tulúa hacia Pereira. Allí, poco después, murió envenenado. Otra región del Valle En El Dovio andan individuos mal encarados, armados, municionados, con sombreros caídos. Un pañuelo azul al cuello, con escapulario, señalando a los liberales. “Fue el comienzo de esa situación que conocí en El Dovio. Detrás de mí, como sombra maligna, la violencia. Llegaba a un pueblo, a otro, y allí estaba esperándome…”, dice Pedro Antonio Marín, que aún no era Tirofijo o Manuel Marulanda Vélez. Era un pequeño comerciante que vendía cachivaches de pueblo en pueblo. Los pueblos La Tulia, Betania y La Primavera se convirtieron en semifortalezas desarmados. Los liberales aún no tenían armas pero temían ataques de los pájaros. La población, por turnos, montaba guardia las 24 horas. “Le pegaron el ensayo a Betania y no pudieron entrar. La asustada gente respondió como pudo, con los dientes…, luego, otro ataque de más de 200 hombres también fue rechazado”…, “lo que no sabe es que masacraron a todo el mundo en Betania, porque le metieron policía, pájaros, ejército totalmente equipado… les dieron muerte a por lo menos 300 liberales”. Un reservista, a órdenes de “El Cóndor”, junto con éste y otros, planearon el ataque a Betania. “Esa vez arriaron a golpes de palos a 60 marranos, con una tea encendida y amarrada al lomo, que gruñendo lastimosamente por el dolor de las quemaduras irrumpieron contra los obstáculos nocturnos. Los atrincherados, ciegos, siguieron disparando sin acertar en un solo blanco humano”. El futuro “Tirofijo” El terror era el arma para que la gente huyera abandonando sus tierras, pequeñas parcelas que pasaron a manos de terratenientes de ambos partidos. A los 19 años, según sus cuentas, Pedro Antonio Marín, junto a sus hombres de la guardia y de las avanzadas en La Primavera, en condiciones de zozobra diaria, permaneció un mes. “Comencé a volverme activo, ya consideré que esa situación como que había cambiado”. Pero aún no tenía una clara comprensión de lo que estaba pasando. Creía que se trataba de acciones locas de gente descarriada. Por la radio se enteraron de los acontecimientos en la Cámara de Representantes, cuando un ex general de la República, Representante, mató a balazos en el recinto a su colega liberal de Sogamoso, Gustavo Jiménez. Esto iniciaría la formación de las guerrillas liberales del Llano. Pedro Antonio Marín dijo: “Ahora sí me puse a pensar distinto”. Principiaba su largo camino hacia la politización, primero como liberal de los comunes, enfrentado a los liberales limpios que finalizarían entregados a la policía y al gobierno. Estaban además las bandas de pájaros “al mayor y al detal”, encabezadas por Lamparilla, Pájaro Verde, Pájaro Negro, Pájaro Azul, Caballo Ronco, y otros más. Dice Marín: “Es que ya son varias las carreras en esta vida. Allí en Ceilán me gané una carrera tremenda… esta situación está muy complicada, parece que todo cambiará de carácter, hay que buscar una solución… Las armas… ¿dónde están las armas? ¿Cómo se consiguen?”.
50 años de la caída de ‘El Cóndor’
Por Luz Jenny Aguirre Tobón. Reportera de El Pais
En la fotografía aparecen, de izquierda a derecha, León María Lozano, el general Gustavo Rojas Pinilla y Gustavo Salazar García, senador de la época. León María Lozano fue conocido en Tuluá como el jefe de los ‘pájaros’ durante la violencia de la mitad del Siglo XX. Católico, conservador a ultranza y vendedor de quesos, así era el hombre que llenó de temor al centro del Valle. Familiares dicen que fue “estigmatizado” por Gustavo Álvarez Gardeazábal en su novela. Las dos grietas profundas que le invadían el entrecejo, estuviera feliz o contrariado, lo hacían parecer un hombre de piedra. Bordeaba los 50 años en las fotografías que confirman su existencia, pero la boca apretada, los pómulos gruesos y la mirada que echaba fuego le sumaban una década. No cabe duda que León María Lozano Lozano, ‘El Cóndor’, tuvo el temple del acero. En lo que, medio siglo después, Tuluá no ha podido ponerse de acuerdo es si esa dureza fue el látigo que desangró su historia o lo que se sabe de aquel conservador a ultranza es lo que construyeron los mitos y las leyendas. Cinco décadas después de los balazos que lo dejaron tendido en una calle de Pereira, sus pasos todavía se sienten en los oscuros pasillos de la memoria tulueña. Su ennegrecida fama trascendió la pluma de Gustavo Álvarez Gardeazábal en ‘Cóndores no entierran todos los días’ y circula en los recuerdos de los ancianos, las elucubraciones de los más jóvenes y en una que otra huella que emerge de ésta ciudad, donde la modernidad no ha sido capaz de espantar al pasado. el señalador. Era vendedor de quesos de la galería, ‘godo’ por herencia, católico hasta la médula y cliente infaltable de la misa de seis de la tarde. Siempre de traje oscuro, a pesar del calor del Valle, y generalmente ataviado de sombrero fue para muchos la encarnación de la maldad. El historiador Ómar Franco relata que desde el 9 de abril de 1948, cuando Lozano salió a enfrentar la turba que furiosa intentó tomarse el templo de los salesianos, la suya se convirtió en una lucha a muerte contra los liberales, a quienes consideraba sus enemigos. Apoyado ciegamente en su fe y en el amor por su partido se convirtió, de acuerdo con Franco, en el líder de los ‘pájaros’ en el municipio, y luego, en el departamento. Muchos coinciden en que su bandera le forró el corazón y le cubrió los ojos para liderar las acciones violentas de la guerra partidista que, según Álvarez Gardeazábal, dejó más de 3.400 muertos en la región. “Nunca ambicionó dinero, aunque había podido ser muy rico. Manejó el partido desde la violencia y en Tuluá no se movía una hoja sin que él lo supiera. Fue una época aciaga, donde el progreso se paralizó y el campo quedó desolado. Por eso me da rabia que algunos pretendan creer que fue un personaje ilustre”, expresa Franco. El historiador Carlos Escobar cuenta que aquel hombre “fue el dueño de la vida y de la muerte entre 1954 y 1957 en la Villa de Céspedes” y que aún sin ejecutar personalmente los crímenes se convirtió en el “señalador” cuyo dedo regó de muerte el territorio. Fueron las paredes del extinto ‘Happy bar’ las testigos de todos sus planes y conversaciones. Así lo cuentan los ancianos que recuerdan verlo sentado en un rincón mientras la gente pasaba mirando con disimulo para observar a aquel hombre robusto rodeado por un halo de misterio. Tres datos claves # El 10 de octubre se conmemoraron los 50 años de la muerte de León María Lozano, asesinado en Pereira. # Sus familiares recordaron la fecha con una misa en la capilla de La Resurrección de los padres salesianos, acto al que asistieron personalidades de Tuluá y que generó polémica con la Academia de Historia del Departamento. # ‘El Cóndor’ nació el 10 de octubre de 1899 en la Villa de Céspedes y su padre fue un empleado de los ferrocarriles. Hoy, en la esquina de la Carrera 25 con Calle 26 está el Banco Popular. Nada queda del mítico sitio de Lozano y los muros que guardaban los secretos se volvieron polvo a mediados de los noventa, cuando se sirvió el último tinto del ‘Happy bar’. Pero no todas las huellas del ‘El Cóndor’ se rastrean en los lugares y en los libros. Ignacio Cruz, el único sobreviviente de los firmantes de la “carta suicida”, escrita por nueve liberales que pretendieron denunciar al “siniestro personaje de Lozano”, es un fragmento ambulante de la historia. Vio caer a manos de la violencia a sus compañeros de osadía y hoy prefiere guardar bajo la llave del silencio los recuerdos que no lo abandonan desde los amargos años cincuenta. Quienes lo conocen aseguran que bajo unos cuantos tragos acostumbra a esconder su dolor añejo y que no hay quien lo convenza de rebobinar esos pasajes. Sólo se sabe que los abuelos de Tuluá, esos que lloraron la muerte desde cualquier bando, cuando ven pasar a ‘Nacho’ lo que cruza frente a sus ojos es el pasado. Al menos así lo entiende un octogenario caminante del centro de Tuluá, quien quedó marcado por el miedo y ni siquiera quiso revelar su nombre. A ‘El Cóndor’, afirma, le debe las cuatro viudas que quedaron en su familia, las noches en vela de su padre presintiendo la muerte por haberse declarado liberal y “la agonía de ver a mi pueblo matándose sin piedad”. Otra cara. En la que fuera la casa de ‘El Cóndor’, en la Carrera 26 con Calle 35, del barrio Salesiano, todavía vive una de sus dos hijas. Allí se crió parte de su descendencia y se guarda celosamente un archivo construido por la familia sobre cuanto detalle se ha dicho de Lozano. De acuerdo con Carlos Hernán Mena Lozano, uno de sus nietos, “aunque León María fue estigmatizado como un asesino de la violencia hay muchas cosas buenas de él que no han sido contadas”. Explica que, aunque no lo conoció, a través de su madre ha sabido que fue un hombre caritativo, generoso y fiel a sus principios. “Durante la época de la violencia hubo un enfrentamiento que no debió ser, pero ese fue su momento y él jugó un papel donde fue el jefe en Tuluá”, dice. Álvaro Cabal, uno de los amigos de El Cóndor, completa el relato soportado en su experiencia. Asegura que León María era charlador, bromista y hasta coqueto y que bajo la ceiba que aún hay frente a su casa compartieron numerosas tertulias sobre el conservatismo. Lo evoca todos los domingos desde la séptima fila de la parroquia de los padres salesianos, desde donde observa el vitral que Lozano donó. También lo revive al pasar por la Casa Conservadora, donde una placa plateada reza que: “Es un honor morir al servicio del Partido Conservador. Viva la memoria de León María Lozano”. Pocos saben, cuenta Cabal, que aunque su amigo no tomaba, en sus últimos años empezaba el día con un aguardiente y que cuando salió exiliado de Tuluá para Barranquilla sólo pudo llevarse a su familia y al perro, una de las cosas que más amaba. Desde su esquina, la del novelista, Álvarez Gardeazábal sostiene que ‘El Cóndor’ fue más que el símbolo de una época, “fue el poder absoluto”. Añade que se ganó su tenebroso prestigio sin disparar un arma, pero las órdenes que dio fueron funestas y que a través de ellas consolidó el imperio de los ‘pájaros’. Sin embargo, dice que “visto a distancia, 50 años después, lo que hacía León María por su convicción católica y conservadora, comparado con los que hacen ahora la guerra, pudo haberlo hecho un héroe, en un país que lo hubiera comprendido y no lo hubiera dejado desviar”. Pasaron los años y parece que en Tuluá algunas heridas aún no cicatrizan. Los cientos de muertos que cargaron con el peso de la violencia partidista en el centro del Valle no descansan en sus tumbas sino que acosan la memoria de un pueblo que no olvida. Medio siglo después de su muerte, León María Lozano Lozano hace despertar los lamentos de quienes padecieron su inclemencia. Hace tanto que se fue, pero tan profunda fue su huella que ahora, 50 años después, vale la pena recordar que cóndores no viven todos los días. Más detalles Lozano estuvo en la cárcel por un periodo de cinco días, pero fue retirado de allí por el general Gustavo Rojas Pinilla, relata el historiador Ómar Franco. Luego de dejar Tuluá, se asentó con su familia en Barranquilla, Bucaramanga y Pereira, donde finalmente murió. León María sufrió dos atentados en la Villa de Céspedes. La novela ‘Cóndores no entierran todos los días’ fue publicada en 1971, en Barcelona. Posteriormente se llevó al cine.
Soy Antonio Rodante..
Caleño de nacimiento, tengo 13 años y me gusta dibujar no voy a la escuela pq no soy capaz de mirar a la gente a los ojos…no les caigo bien…
además yo ya tengo amigos.. y no se dan cuenta, aunque hay.. uno….que me asusta……
cada vez q puedo leo historia de Colombia para hacer memoria y conocer las batallas, no ve q ami me gustan los uniformes y las armas, por eso veo pelicula de indios y vaqueros..
Yo tambien voy a PIPERS cuando Angelita maneja, es bacno sacar la cara por la ventana xra q el viento me la duerma..así me olvido de eso..
cuando estoy en la casa siempre estoy en mi pieza..pq mi papa me busca solo para cascarme…
Yo soy Jiménez.. el barón Jiménez..
Comandante en primera línea contra cahiporros en Boyaca y Santander..
!!busco a hijos de conservadores para quitarles las mechas desde el cuero partirlos con el machete de a poquito..mientras me miran..
Busco tambien a los taitas en las casa del monte pa’ meterles candela y q huela la carne asada…



